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Final del programa |
Cuando comencé a
estudiar Filosofía yo quería escribir. Muchas de mis imaginerías
pasaban por el literario comentario de: “Qué pasaría si...”.
Esto podía ser desde una relación amorosa fallida, hasta haber
nacido en otro país o cualquier cosa que sucediera a mi alrededor.
Un maestro en Nietzsche, José Jara, me convención con palabras muy
sabias “no pensar en el qué pudo haber sido, sino en el qué es o
está siendo”. Después de eso me quede más o menos conforme,
hasta ahora.
Durante el capítulo
final de Master Chef Chile, el Chef Carpentier dice “Si Ignacio
hubiese tenido las oportunidades, quizás donde estaría”. Ese
sencillo diálogo me volvió al pensamiento pueril de recién
estudiantes de filosofía -nadie ha dicho que aún no sea un
estudiante de la misma-. “Que hubiese sido si...” Y si este joven
fuera un prodigio para el golf y nunca pudo jugar, o si ella fuera
una maestra en el ajedrez y nunca nadie le enseñó. Después,
leyendo los twitts que surgieron a granel uno de los cocineros
invitados como jurado dijo más o menos: que lo de Ignacio era
intuición, mientras que su competidora era estudio, viaje... en mis
propias palabras “oportunidades”. No vamos a irnos con el
razonamiento de la justicia o injusticia, sino con los que es y no
con lo que pudo ser.
¿De dónde Ignacio
tuvo que sacar las oportunidades? De su familia, pareciera que no. De
haber sido así, se hubiese descubierto cocinero hace mucho (de hecho
de descubrió y por eso avanzó tanto en tan poco tiempo). Su
familia, con lo poco que tenía pudo darle sentido de
responsabilidad, enseñar a querer a sus hijos, etc. Pero de
oportunidades, como viajar, conocer, descubrirse, parece que no. Fue
en el momento cuando entra a un sistema televisivo de “educación”,
un show que tenía los recursos para hacerlo donde se descubre
talentoso, donde aparece lo que ES, donde se le ofrece la oportunidad
de aprender, la cual pudo tomar o no tomar, eso es claro, pero que en
su caso fue significativa, y por fortuna pudo aprovechar.
Aquí es donde me
nace el profesor que llevo dentro. No puedo dejar de pensar que en el
caso de Ignacio es la escuela el lugar donde pudo obtener antes esas
oportunidades de aprendizaje. No hablo de números, de simce, de
aprendizajes claves, ¡NO!. Hablo de oportunidades de aprendizaje, de
la oportunidad de descubrirse como cocinero, como arquitecto, como
matemático, como lo que realmente “es” -platónicamente
hablando- o, en términos aristotélicos, cual es su finalidad y de
eso se sigue su felicidad. Una educación que equipare la cancha, en
palabras sencillas. Hablar de educar para el sujeto, para liberarlo
de su ignorancia, para que se encuentre a si mismo. Oportunidades de
aprendizaje es la diferencia entre Alejandra e Ignacio, y esas
oportunidades deben darse en una escuela que eduque. Ahí radica
la importancia de la educación pública,
y esta debe ser diversa -no a la usanza de la “libertad de
enseñanza” de la LOCE-, sino en el sentido de ser inclusiva para
las distintas capacidades que se pueden desarrollar en Chile. No
solamente hay que replicar los modelos de liceos emblemáticos de
excelencia, ya que solamente se premia con recursos -que a la postre
es mejor educación- a aquellos que tienen sólo
talento académico, sino mejorar liceos técnicos, artísticos,
comerciales, etc. Solamente en esa diversidad podrá darse la
verdadera educación pública.