viernes, 3 de julio de 2009

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Audífonos grandes salió a la calle. Llovían los autos apurados, las madres llevando a sus hijos a los hospitales, palomas asesinas de migajas de pan y viejos con un diario arrugado debajo del brazo. Al oído Chinoy le chillaba verdades enormes. Él nada más entendía lo que le sobraba de hambre y le faltaba para concentrarse. Nadie dijo que cambiar el mundo fuera sencillo, pero él lo eligió, como todo en su vida. Miró una vez como si fueran mil veces. Vio una ciudad inmensa, a la cual pertenecía. Llovían las responsabilidades y se detuvo a sacarse los audífonos. Los alejó de sus ojos los suficiente para verlos rotos y refaccionados tantas veces como pudiera. Entendió entonces que nunca sería de ninguna parte, porque todos los lugares que los otros conocían cobraban entrada. Él no estaba dispuesto a pagarla más que con una sonrisa. A la salud del mundo se tomó una bocanada de aire contaminado, cerró los ojos y se puso los audífonos nuevamente. Se perdió en lo que escuchaba de Mauricio Castillo y su canto acribillante (o equi-brillante). Nadie más lo vio pasear por ninguna parte. Nadie tenía los ojos para ver detrás de esos audífonos rotos y arreglados…

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