sábado, 1 de marzo de 2008

Pétalo de Sal

Cuando sentía caerse del mundo, simplemente se alimantaba de un poco de azucar venida de los recuerdos, de las personas o del amor propio. Cuando se le acabó la buena estrella, cuando sus ojos grandes y cafés se querían cerrar por secos de tantas cascadas nocturnas deroochadas sobre su almohada, apareicó la luz. No fue el Cristo prometido, ni el Buda iluminado. Simplemente fue del porte de un muchacho, con ojos tristes, como los de ella, pero con el hueco perfecto en su alma para que durmiera sin lágrimas.

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